
Te acostas en tu cama.
Puede haber sido un día largo, corto, aburrido, estresante, intenso o emocionante.
No importa realmente
Pero te acostas, y dependiendo el nivel de cansancio y agotamiento que hayas sufrido durante las horas anteriores, tu cabeza puede rememorar el día a la velocidad de la luz o simplemente dejarte caer en el descanso apenas sentís la almohada fría en la cara.
Yo particularmente prefiero dormirme al instante, pero no puedo evitar pensar antes de conciliar el sueño.
Pienso, pienso y pienso.
Sobre mi, sobre la facultad, sobre el día que pasó, sobre el día siguiente, sobre ellos, sobre todo.
Pienso.... y pienso tanto, que cuando me sumerjo en mis usualmente pocas horas de descanso, sueño cosas extremadamente raras.
Sueño que ambientes habituales me resultan extraños, que personas a quienes reconozco son totales desconocidos o que me encuentro en situaciones que al volver al plano consiente no logro recordar.
Sueño, sueño, sueño.
Todos soñamos, nos acordemos o no.
No existe eso de dormir y no soñar
Sueño, sueño, sueño.
Sueño verdades, sueño mentiras y locuras.
Sueño con el amor y con un posible futuro de a dos. Sueño con vos.
Sueño con él.
Pero claro, estoy soñando.
Lo que ven mis ojos no es real.
Me despierto
Las imágenes se desvanecen.
La sensación de tenerte a mi lado queda sepultada en el inconsciente para reaparecer quizás en alguna otra noche.
Reflexiono un momento y me doy cuenta de que a veces, las mejores cosas de mi vida estan en los sueños.
¿Me convendrá recordar todas esas cosas que a fin de cuentas resultan inalcanzables?
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